Cuando el amor es violento: la narración personal de una sobreviviente de abuso domestico

Swati Kamble

traducción:  Marta Ruffa

revisión: Valentina Coral Gómez

Después de ser tratada injustamente por 5 años y de reflexionar sobre ello por más de año y medio, sólo en este momento he podido encontrar el coraje de contarle a todo el mundo mi historia. Considero que al guardar silencio no sólo estoy aceptando la injusticia que he sufrido, sino que, además, estoy secundando que otras personas sufran la misma injusticia. Iré directo al punto. Soy una sobreviviente de violencia domestica, una violencia tanto fisica como mental que duró más de 5 años, hasta que terminé la relación abusiva. He luchado durante mucho tiempo conmigo misma sobre el hecho de contar o no contar mis propias vivencias. Escribir esta narración me trae de vuelta al museo de los horrores. Todavía tiemblo cuando pienso en las violencias que he sufrido. Pero por más difícil que esto sea, quiero dar un paso adelante y hablar.

La razón por la que escribo esta historia es que quiero encarar a mis demonios. Quiero encontrarle un sentido a las cosas que me han pasado. Pero no sólo para mí. Quiero que la gente sepa, especialmente la chicas jóvenes y las mujeres que están condicionadas para soportar la violencia y que luchan contra el abuso de manera silenciosa. Quiero que sientan que no están luchando solas. A la sociedad que pretende que esta sea una cuestión privada, quiero dejarle bien claro que el abuso es real. Pasa más a menudo de lo que nos gustaría pensar. Ocurre en todas las castas, clases, religiones y razas. El nivel de educación del abusador o de la abusada no tiene relevancia en cuanto a la gravedad de la violencia ni en cuanto al tiempo necesario para salir de la relación, si es que logras salir de ella. El trauma tanto fisico como mental tiene sin dudas un impacto duradero. Como sobrevivientes, puede que nos sentamos debiles y fragiles. Pero no tendríamos que culparnos a nosotras mismas, sino darle voz a la injusticia con valentía.

Quiero demostrar que por más grande que sea el impacto que la violencia, siempre pervasiva, tiene en mi vida, esta violencia no me define. La persona que ha abusado de mí es uno entre tantos agresores sin rostro alrededor del mundo, con las mismas actitudes violentas, manipuladoras y que te hacen sentir culpable. Muchas chicas jóvenes y mujeres educadas de nuestra comunidad tienen miedo y se avergüenzan de decir que son mujeres maltratadas. Quiero decirles a todas aquellas valientes mujeres ahí afuera: no dejéis que vuestras vivencias se queden sin ser escuchadas, no seáis invisibles, no quedéis atrapadas en las estadísticas sobre la violencia domestica. Devolved a estas figuras nebulosas sus rostros, hablad. Contad vuestras historias como acto de solidaridad hacia aquella bellas almas que están todavía luchando para decidir. No luchéis calladas.

Volviendo a mi historia. He estado en una relación de pareja con un hombre que conocía desde hace muchos años, a quien respetaba y en quien confiaba como amigo y confidente. Le contaba mi vida, mis sentimientos, mis preocupaciones y mis dudas. A medida de que pasaban los años, empecé a darme cuenta de que utilizaba aquellas partes de mi vida para manipularme, humillarme y aislarme. Siempre me había hecho una imagen de él como una persona socialmente conciente y sensible, que creía en los derechos humanos y en los valores. Cada vez que me pegaba, miraba a aquel episodio de abuso como una excepción, intentando confirmarme la imagen que tenía de él, hasta que la excepción se convirtió en la regla.

Estaba segura que si le hacía una critica o una pregunta, él me iba a pegar. A menudo me esforzaba para asegurarme de no decepcionarlo. Empecé a competir conmigo misma para demostrarle que me estaba convirtiendo en la que él quería que fuera. Si bien con el paso de los años la irracionalidad de las golpizas y de sus justificaciones se hizo cada vez más clara, yo seguía intentando cumplir con sus expectativas para mantener la paz. Hubieron momentos durante esos 5 años en que lo cuestioné, pero nunca totalmente. Aceptaba sus discursos. Creía que era mi culpa si él me pegaba. Le pedía disculpas por lo “errores” cometidos. Un día me pegó a plena luz del día en medio de una calle llena de gente por haberme montado al vagón general del tren y no al “vagón para mujeres”. Me dijo que me pegaba como castigo, para asegurarse que no se me olvidara la siguiente vez. Me pegó fuertemente con un cinturón por haber participado en un picnic de la escuela porque entre los invitados habían hombres. Dijo que no confiaba en ningún hombre a mi alrededor que no fueran mi padre y mis hermanos porque quería protegerme. Me acusó de ser ignorante y de no entender el mundo, razón por la cual necesitaba de su protección.

Cuando chica, de vez en cuando no respetaba la hora de llegada a mi casa. Pero a mis 20 años, en esa relación, me sentía atrapada. Terminaba anticipadamente las reuniones familiares y me nebaga a salir. Su llamada rabiosa fue suficiente para que abandonara rápidamente la cerimonia del azafrán de un amigo. Le juré que no había bailado durante la ceremonia. Me dijo que si le explicaba adecuadamente mis razones para querer ir a esos eventos, él me lo permitiría. Pero para él mis explicaciones nunca eran suficientes. Me decía que no tenía conciencia de mi propio cuerpo. Me pegaba como castigo para recordarme que debía ponerme siempre una dupatta (un pañuelo que se lleva por encima de la ropa para encubrir la parte superior del cuerpo). Una vez me pegó por haberle llevado chapati “quemado” y “salsa de sobra”. Me dijo “Eso demuestra que tanta importancia me das en tu vida. No pones atención porque no me valoras”. Me pegó otra vez porque me había puesto triste y no quería comer.

Me pegó en muchas ocasiones. Tanto en la casa como en espacios públicos, tanto en Mumbai como durante nuestra estancia en Europa, en un metro lleno de personas, en las paradas de los autobuses, y mientras que caminabamos por las calles llenas de gente. Yo no entendía porque las personas no intervenían para decirle algo o pararlo. Durante mi curso de Estudios de Género en una prestigiosa universidad Europea, me pegó tanto que terminé en el hospital. El lado del ojo donde me había pegado un puñetazo sangraba. Mi ojo se quedó negro e hinchado por días y mi cuerpo también. Volví a clase después de una semana y realicé mi presentación llevando gafas de sol. Les dije a mis compañerxs que me había caído de unas escaleras eléctricas. El año pasado, cuando le confesé la verdad a una de ellas me dijo que no le sorprendía. No quiso enfrentarme en esa época ni hacerme demasiadas preguntas, pero sabía que algo no estaba bien. Incluso me dijo que otras chicas de la clase hablaban de ello. Me sorprendió bastante que hubiera tanto silencio sobre el tema de la violencia domestica, incluso entre aquellas “futuras feministas”. En aquel entonces yo no busqué ayuda. Tenía miedo de las consecuencias si lo hubiera hecho, sobretodo para él estando en otro país.

Me pegaba más fuerte cada vez que pedía ayuda. Cuando le dije que hablaría con nuestros padres sobre sus abusos, él me contestó: “No consultamos con nuestros padres cuando decidimos hacernos pareja. Esta vez también vamos a solucionar nuestros problemas solos”. Cada vez que le decía que quería terminar la relación, me decía: “No puedes tomar esta decisión tú sola”. Cuando le amenazaba con denunciarlo, me decía: “Tú también me pegaste, estamos en la misma situación”, refiriéndose a las muy pocas veces que le había pegado para defenderme de sus abusos. Incluso: “En una sociedad patriarcal como en la que vivimos, es más grande la herida que llevo yo en mi orgullo por el hecho de que una mujer me haya pegado”. Cuando le hablaba de derechos e igualdad, me decía: “No te dejes influenciar por el discurso de la feministas de que “lo personal es político”. No te hagas feminista porque eso arruinaría tu vida”. Decía: “Mira a tu alrededor. ¿Qué feminista tiene una familia normal? Lo han destruido todo”.

Me agarraba por el cuello y me estrellaba contra la pared. Pegándome un puñetazo en la cabeza , me dijo que por testaruda le sacaba el diablo que llevaba dentro. Yo me paralizaba, perdía la razón… mi cerebro literalmente dejaba de funcionar. Me callaba y eso lo volvía aún más agresivo. Decía que “me pegaba pero solo lo necesario para hacerme hablar”. Parecía una técnica de interrogación policial. Un día me dijo: “Ahora entiendo porque los hombres terminan matando a sus mujeres por frustración”.

Había leido sobre los ciclos del abuso. Sabía cuales eran los esquemas de los abusadores. Pero necesitaba más tiempo. En el momento en el que finalente rompí el silencio, hace más de un año, contándoselo a mis amigxs y familiares, parecía que un río de palabras estuviera saliendo de mi boca. Ya no quería callarme. Más hablaba, más me daba cuenta de como sistematicamente había naturalizado las violencias sufridas. Hasta aquel entonces me había dado vergüenza, me había sentido confundida, incrédula y me había negado a ser una víctima de violencia domestica.

¿Cómo podía yo ser una victima? Venía de un pasado humilde, una chica Dalit que había crecido en un slum de Mumbai. Había alcanzado metas que ni podía haberme imaginado. Mi familia y mi comunidad me respetaban. Mis opiniones tenían valor. Mi gente me veía como una chica independiente y segura de sí misma. Por todas estas razones no lograba decir lo que me estaba pasando. Tenía miedo de invalidar todo lo que había conquistado si admitía ser victima de abuso domestico. Como si fuese un fracaso de mi parte. Pensaba en la desgracia que eso le conllevaría a mi familia. Tenía miedo que él me siguiera y creara un escándalo frente a ellos. De hecho me había amenazado con hacerlo en muchas ocasiones.

Los episodios de violencia son infinitos pero el objetivo siempre era el mismo: controlarme e impedirme tomar decisiones por mi cuenta. Llegar a Ginebra para adelantar mis estudios de doctorado en septiembre de 2014 finalmente me dió el espacio mental para entender y procesar las cosas. Por ejemplo, caminaba por las calles de Ginebra y aún sentía su mirada inquisidora espiándome. Esto me hizo realizar el miedo constante en el que estaba viviendo. Por 5 años pensé que era imposible terminar la relación. Incluso estando sola en Ginebra, necesité mucho tiempo para convencerme de que podía terminarla de verdad. No fue fácil, él me hizo sentir culpable a cada paso. No quería dejarme ir y seguía manipulándome. Me habló de moral y de los valores que estaba traicionando al dejarlo. Me habló de traición. Me dijo que lo estaba traicionando sin ninguna razón y que por eso utilizaba una historia de abusos. Me dijo que todos los actos violentos hacia mí estaban justificados por el amor tan grande y la compasión que sentía por mí. Me dijo que me estaba enfocando demasiado sobre lo negativo mientras que se me olvidaban por conveniencia todas las cosas buenas que él había hecho por mí. Me dijo que estaba tomando el camino fácil, porque si amase de verdad hubiera seguido junto a él para genear un cambio positivo en la relación.

Cuando sus manipulaciones para retenerme no le valieron de nada, empezó a pedirme perdón. Me prometió que iba a cambiar, como ya lo había prometido antes después de cada abuso. Me preguntó porque de repente había tomado esta decisión. ¿Había encontrado a otra persona? Después pasó a la etapa de las negociaciones. Me dijo que si él decidía aceptar mi decisión, entonces yo tenía que aceptar sus condiciones, o sea que me quedara soltera para toda la vida y que no me volviera a enamorar nunca. Tenía que quedarme esperando a su cambio y los dos teníamos que seguir con las actividades de la Organización para los Derechos de las Mujeres Dalit que habiamos fundado juntos.

Es increiblemente irónico que durante nuestra relación, mientras en los eventos sociales ibamos juntos como compañerxs de trabajo a hablar sobre los derechos de las mujeres Dalit, en privado mis derechos estaban siendo violados cada día. Los dos teníamos vidas muy contradictorias. Para el mundo exterior yo era una joven mujer empoderada, fuerte y él un introvertido pero diligente promotor de los derechos de las mujeres Dalit. En mi vida personal yo estaba oprimida y él era mi opresor. ¿Quién se iba a creer eso? Por ejemplo, la gente quedó impactada con el hecho de que él fuera capaz de pegarle a cualquiera. Al mismo tiempo me decían que me olvidara de todo. La mayoría de las personas con las que hablaba me daban consejos bien intencionados. Me decían: has salido de esta situación y eso es lo que cuenta. Te espera algo mejor y él no merece tu atención. Notaba que por más que la gente se sintiera triste, incrédula frente al abuso, seguía viendolo como algo normal. Algo que se tenía que olvidar para que la vida siguiera.

Unxs amigxs comunes no rompieron el silencio sobre lo que había pasado. Pensaron que no podían tomar partido y me lo dijeron. Otrxs se sintieron con el deber de jugar el papel de moralizadorxs. Otrxs no lograban entender porque no lo había dejado antes. Unxs me preguntaron ¿por qué ahora, después de 5 años? ¿Qué provocó este cambio repentino? Como si, por haberme quedado 5 años con él, ya no tuviera legitimidad para cuestionarme las cosas y salir de la relación. Otrxs pensaban que mi decisión había sido demasiado repentina y que tenía que replantearmela. Otrxs incluso se ofendieron porque no les había pedido ayuda antes. Otrxs dijeron que como él era su amigo estaban preocupadxs por las consequencias que la ruptura pudiera tener con respecto a él.

Después de haber terminado esa relación abusiva, mi vida dio un giro inesperado. Tal vez mágico, si se me permite decirlo. Descubrí una conexión increible con un viejo amigo belga con el que me sentía segura de hablar libremente de mis pensamientos. Un año después decidimos casarnos. A partir del momento en el que la noticia de mi matrimonio con un “hombre blanco” explotó en el diciembre de 2015, se generaron nuevas olas de conmoción. Había rumores que decían que me  había ido por “una mejor opción”. Sin embargo, muchxs me contactaron para felicitarme. Les agradezco su apoyo. Hoy en día vivo una relación de equidad y respeto mutuo, llena de amor y confianza. Mi pareja, mis amigxs y nuestras familias en ambas partes del mundo (India y Belgica) nos respaldan con todo su amor. Su apoyo ha sido crucial para mantenerme fuerte.

Al final de esta narración, quiero contestarles a todas las personas que quieren saber porque no me fui durante aquellos 5 años. Aunque no les debo explicaciones, voy a repetir las mismas razones clásicas de quien sufre abusos domésticos. Me gustaría ayudar a las mujeres que viven relaciones abusivas para que reconozcan los esquemas del abuso que están viviendo.

No me fui porque, en primer lugar, no podía creer que estuviera siendo abusada. Yo era una mujer educada, empoderada, que luchaba por los derechos de las mujeres marginalizadas. ¿Cómo podía pasarme a mí? Además, la gente cree que la violencia doméstica le pasa a las mujeres analfabetas y no empoderadas, por parte de hombres alcohólicos. Él era activista de derechos humanos, por lo tanto no tenía el perfil del abusador. Ninguno de nosotros dos tenía los perfiles de abusada y abusador. Quiero decirle a la gente: ¡es un mito! Los abusadores no tienen un perfil específico. Les ruego a las mujeres que no se avergüenzen porque han sido abusadas. La violencia doméstica no os representa como personas.

No me fui porque intentaba racionalizar sus motivos. Empecé a pensar que, como no podía enfurecerse conmigo sin razones, tal vez estaba haciendo algo para molestarlo. Fui condicionada poco a poco para que me culpara a mí misma. Creía que tenía el poder de mejorar las cosas y que el tiempo incrementaría la confianza entre nosotros. Las investigaciones nos indican que la mayoría de los abusadores tienen problemas de agresividad y que su ira no siempre tiene razones intelegibles. Los abusadores utilizan estrategías sistemáticas para engañar y manipular. El hecho de creer que es tu culpa te arrastrará aún más en este ciclo de abusos.

No me fui porque creí que podía ayudarle. Él me decía a menudo que me necesitaba para convertirse en una persona mejor. Que solo yo podía ayudarlo. He empezado a leer articúlos sobre lo qué significa vivir con una persona inestable. Les suplico a las mujeres: no intentéis salvar a alguien poniendo en riesgo vuestras propias vidas. No esperéis su cambio. Porque aunque haya una posibilidad de que él cambie, probablemente necesitaría de ayuda externa por parte de un profesional. Tú como victima de violencia tienes ante todo que alejarte de la relación abusiva por tu seguridad.

No me fui porque seguía desplazando el límite al que él tenía que llegar antes de que me fuera. Antes le decía que lo iba a dejar si me hubiese pegado y humillado en público. Pero cuando eso pasó, empecé a decirle que lo iba a dejar si me pegaba frente a nuestras familias. Y cuando eso también pasó, desplacé aún más el límite. Le dije: “en el futuro, cuando nos casemos y tengamos hijos, te dejaré si me pegarás frente de nuestros hijos”. Un día, después de haberme pegado frente a su hermana, me dijo: “Ahora que me has obligado a pegarte frente a mi hermana, ya no tendré ninguna inhibición en pegarte frente a cualquiera”. Me dijo: “Te has puesto en la peor situación posible”. Les ruego a todas las mujeres que no toleren el más minimo abuso. No dejéis comprometer ni vuestro respeto ni vuestra dignidad por ninguna razón.

No me fui porque no sabía como hacerlo. Sin darme cuenta, me estaba poniendo reglas para mantener la paz, para hacerlo feliz. Y eso me había llevado al punto de alejarme de mis amigos y mi familia. El aislamiento me había complicado el hecho de encontrar una explicación razonable para la situación. Queridas mujeres valientes, no os cerréis. Hablad con vuestras familias y amigos. Tomad en cuenta sus opiniones. Pero más que todo, tomad vuestras decisiones. Tenemos que vivir y aprender a medida de que vivimos. Todas podemos sentirnos vulnerables. Yo a menudo me siento vulnerable y todavía me sorprende pensar que la violencia haya tenido un impacto tan fuerte sobre mí. Me considero una mujer fuerte y ahora mi vulnerabilidad se ha convertido en parte de mi fuerza.

Antes de concluir, quiero responderles a las personas que conocen a quien me abusó. Después de haber leido todo eso, tal vez podrían sentirse enfadadxs e incluso alejarse de él. No creo que esta sea la solución. Hay demasiados casos de violencia domestica para culpar y castigar nada más a una persona. Tenemos que reflexionar como sociedad sobre como estamos enfrentandonos a estos problemas de violencia. Nombramos y culpamos a las victimas/sobrevivientes de violencia domestica. Cada vez que una mujer decide alejarse de una mala relación, su castidad es cuestionada. Condenemos la violencia domestica. Apoyemos a aquellas personas que denuncian la violencia doméstica que están sufriendo. Sería necesaria también más conciencia y transparencia social para reconocer la rabia y la agresividad como desordenes psicologicos. Las personas con problemas de gestión de la ira y la agresión tendrían que buscar ayuda. Junto con lxs niñxs, las mujeres son las victimas principales de los problemas de agresividad de sus parejas.

He llegado al final de mi narración. Os preguntaráis porque escribo sobre una tematica tan personal. Ya expliqué mis razones a comienzo de este texto. En conclusión, quiero volver a decirlas. Quiero construir a una red de solidaridad con las sobrevivientes de violencia domestica y seguir con este diálogo. Mientras que empoderamos a nuestras chicas y mujeres, tenemos que enseñarle a la sociedad entera, y particularmente a los hombres, a que se emancipen y apoyen la equidad de género en su sentido más profundo. La equidad, no como valor “ahí afuera”, sino como un hábito incorporado en el día a día. La sociedad tiene que educar a sus chicas y mujeres a pensar de manera independiente. En lugar de enfatizar tanto la virtud del sacrificio, tendría que animarlas para que se den prioridad. Tendríamos que enseñarles que reclamar sus derechos es justo y normal. Igualmente, la sociedad tendría que entender que es normal que las mujeres que viven en relaciones abusivas se sientan vulnerables y débiles. Las chicas jóvenes y las mujeres deben saber que solo cuando cuidamos de nosotras mismas y nos valoramos, logramos encontrar nuestro verdadero ser y nuestra fuerza interior, para así aceptar quienes somos. Jai Bhim!

Swati Kamble es una defensora de los derechos de las mujeres Dalit y es actualmente candidata al doctorado en Socioeconomía en la Universidad de Ginebra sobre las desigualdades de casta y género en los procesos políticos en la India.

La versión original del presente artículo puede consultarse en inglés en la página de Savari, un colectivo de mujeres adivasi, bahujan y dalit.

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